Muchos afirman que somos el resultado de las decisiones que tomamos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar quién está influyendo en esas decisiones.
Nuestra vida transcurre en medio de entornos que, silenciosamente, moldean nuestra forma de pensar, sentir y actuar. La familia, los amigos, el lugar de trabajo, la cultura, las redes sociales, los medios de comunicación e incluso las conversaciones cotidianas, van dejando huellas en nuestra manera de interpretar la realidad. Pero en el fondo el problema no es ser influenciados. El verdadero riesgo aparece cuando dejamos de tener criterio.
El criterio es una de las fortalezas más valiosas que puede desarrollar una persona. Es la capacidad de analizar antes de aceptar, de cuestionar antes de imitar y de decidir con base en principios, no en presiones. Cuando el criterio se debilita, el entorno comienza a decidir por nosotros.
Sucede más de lo que imaginamos. Personas honestas terminan justificando actos deshonestos porque «todo el mundo lo hace». Profesionales talentosos renuncian a sus sueños porque quienes los rodean les hicieron creer que era imposible. Equipos completos normalizan la queja, la mediocridad o la falta de compromiso hasta convertirlas en parte de su cultura. Poco a poco, sin darse cuenta, dejan de actuar por convicción y empiezan a hacerlo por contagio.
Los líderes conocen bien este fenómeno. Un entorno puede potenciar el talento o apagarlo; puede inspirar la excelencia o acostumbrar a la mediocridad. Por eso, liderar no consiste únicamente en alcanzar resultados. También implica construir ambientes donde pensar diferente sea permitido, donde la integridad no sea negociable y donde las personas tengan la libertad de expresar sus ideas sin temor a ser excluidas.
Existe una frase atribuida al empresario estadounidense Jim Rohn que resume esta realidad: «Somos el promedio de las cinco personas con las que pasamos más tiempo.» Más allá del número, el mensaje es contundente: el entorno influye. Lo que nos debemos preguntar es si nosotros también influimos sobre él o simplemente nos dejamos arrastrar por la corriente.
Fortalecer el criterio exige conocerse, revisar permanentemente los propios valores y tener el coraje de sostener una convicción, incluso cuando la mayoría piensa distinto. No se trata de llevar la contraria por costumbre o por moda, sino de tener la madurez para distinguir entre lo popular y lo correcto.
En tiempos donde abundan las opiniones y escasea la reflexión, desarrollar criterio es un acto de liderazgo, que incluso podríamos calificar también como un acto de valentía. Es tener la libertad de decidir qué conversaciones alimentamos, qué personas permitimos que influyan en nuestra vida y qué principios no estamos dispuestos a negociar.
Porque, al final, el mayor peligro no es estar rodeado de malas influencias. El peligro real es perder la capacidad de reconocerlas.
Y cuando eso ocurre, dejamos de dirigir nuestra vida para empezar a vivir la que el entorno eligió por nosotros.
Es justo allí donde perdemos nuestra independencia, sencillamente por pura falta de criterio.
Luis Guillermo Buitrago Castro
Comunicación Estratégica y Liderazgo
luisgbuitrago@gmail.com